Carlo Franco - Biografía

Nací a finales de Octubre del año 82 en el seno de una familia de artistas, por suerte he tenido la oportunidad de crecer en el taller de uno de mis mitos del arte, mi abuelo Manuel Franco, un maravilloso artista y músico que afortunadamente dejó un gran legado de obras grandiosas por las que será recordado eternamente, él, junto a mi madre Felisa Franco, una magnífica pintora que me ha guiado siempre por el camino de la sensibilidad artística, y mi tía Ana Franco, una mujer artista por definición en todos los aspectos de su vida. Ellos fueron quienes desde pequeño me enseñaron a amar el arte.

Siempre he tenido inquietudes relacionadas con la tridimensionalidad de la escultura lo que me llevó a estudiar “Artes aplicadas a la escultura” en la escuela de arte “La Palma” donde conocí al escultor Pablo De Arriba, uno de mis maestros al cual debo la gran mayoría de los conocimientos que tengo, quien me enseñó a ser constante en mi trabajo y me definió por el camino de la escultura.

Más tarde cursé la licenciatura de Bellas Artes en el CES Felipe II de Aranjuez, donde se cruzó en mi camino Ana Balboa, una mujer apabullante en conocimiento, una profesora que nunca dejará de ser alumna, sin duda una persona transparente deseosa de enseñar y de aprender, a ella le debo todo lo que aprendí en los 5 años de carrera en Bellas Artes.

Mi obsesión de integrar al espectador en la obra me llevó a trabajar en diferentes manifestaciones artísticas de carácter escénico, tanto sesiones de fotografía, como maquillaje protésico en cine y televisión, como escenografía, atrezzo y vestuario de numerosas obras de teatro y performances.

Todas estas inquietudes se cuajaron en una sola forma, el hecho de crear y dirigir ilusiones casi efímeras tanto en una sala de exposiciones como en un plató o en un escenario me llevó a materializar esta ensalada de conceptos en máscaras que cubren el rostro como fachada elegante y barroca de una realidad que nos da vergüenza enseñar, la belleza misteriosa, impersonal e inquietante que da una máscara provoca un suspense casi morboso que se ve incrementado por el hecho de que únicamente deja entrever los ojos de quien cubre su rostro, como un agujerito por el que desnudar a quien la porta, un erotismo que se queda en la delicada línea que separa lo carnavalesco de lo profundamente elegante.